viernes, 25 de abril de 2008

Chem pi mi ? Qué dijo?


Chem pi mi? Qué dijo?

2008, siglo XXI. No puedo creer que yo haya llegado hasta aquí. Hace casi 40 años que mis padres, campesinos mapuches salieron de la Reducción Quetroco (agua atajada) y decidieron emigrar hacia la ciudad. Tan pequeña era yo cuando llegué a Santiago, que a veces creo que nací aquí. Los edificios, el cemento, el ruidoso apuro de la vida acá y también esa urgencia por lo material; todo aquello me rodea y me traga, a veces.

Me he pasado la vida tratando de probar que a pesar de ser mujer, que a pesar de ser mapuche, soy inteligente, soy una persona honorable y civilizada. Fui la mejor del curso en la escuela pública de Santiago. Entré a un liceo, de los mejores, insipiente, un poco tímida e inocente; salí de ahí casi culta e integrada. Estudié inglés, luego de pura rabia entré a la Pontificia y salí con un gran diploma bajo el brazo. Estuve tanto entre los no gentiles que casi me convertí en una devota. Me creí chilena cuando anduve pisando la nieve de Manhattan y eché de menos el mote con huesillos. Pero mientras algún gringo me confundía con una “dealer” latina, el vacío me llenaba.

Trabajé en los mejores lugares porque así me probaba cada día que era igual, que no importaban mis apellidos, que era de lo que mis padres quisieron siempre de mí: una chilena más. Tuve casa, auto, trabajo muy decente y andanzas en los lugares de moda. Pero... a veces cuando estaba sola había algo que me inquietaba, tal vez eran los viejos, los abuelos, todos aquellos que ya se murieron, que me decían que había algo más por hacer, algo más que esa perfecta inmanencia en la que me cobijaba. Lo he tenido todo y a la vez nada.

Ayer, un lamngen (hermano racial) comenta sobre un colegio en Paine con cuarenta niños mapuches, que están desadaptados, Orientación escolar no sabe qué hacer con ellos, el Ministerio de Educación no conoce el problema, los profesores suponemos que tampoco saben. Nos piden ayuda, nosotros tal vez tampoco tenemos una solución, pero al menos somos su gente. Es nuestra gente la que está ahí. Pienso en esos niños y veo mi infancia, la soledad de una niña que dejó de comer porque estaba todo el día esperando que llegaran sus padres. Y no llegaban y era tarde y estaba sola en una ciudad tan ajena. Ahora con jornada escolar completa, veo a esos niños en el colegio mientras sus padres: temporeros, se sacrifican lejos de su tierra por un futuro mejor. El problema en esencia es el mismo. Esos niños desintegrados, futuro de mi pueblo, dando "problemas" en el sistema y ¡tan pequeños! Termino de leer el Informe sobre la Represión y Criminalización del Pueblo Mapuche en Chile de la Asociación Americana de Juristas, me quedo perpleja frente a la violación constante de derechos humanos en el sur de Chile. No existe, nadie acá lo sabe. En la urbe, se oyen cosas más interesantes, el último reality, los diseños de la Bolocco, en fin, cosas más importantes. Pienso que he estado todo este tiempo en una burbuja segura. Consciente de la desigualdad, pero aceptándolo: ¿qué puedo hacer yo? me decía.

Más temprano que tarde, hoy se me abren las grandes alamedas de la conciencia y sé que no nos podemos quedar así, hermanos mapuches, simpatizantes todos, perdidos en nuestra inmanencia, absortos por el realismo de Sancho, anhelando la ínsula, conformes con el sueño de la familia feliz, el trabajo, la casa, el auto, y la tarjeta de crédito ultra premium plus. Dudo, me decido, dudo, mil veces dudo, me decido y opto por la trascendencia del anónimo gesto del que piensa en su pueblo y que busca caminos para retornar a nuestro centro, a la cultura que nos corresponde. No es casualidad que cada mapuche de Santiago, alguna vez piense que debe volver a su tierra en el sur. Somos de la tierra y la tierra nos llama perentoriamente a su matriz energética donde están todos los nuestros. Hoy, sabemos que debemos permanecer unas cuantas lunas más entre el asfalto y la frialdad del cemento porque aún es necesario. Caminando invisibles por las calles, sin aún poder andar descalzos. Pero la esperanza de un mejor futuro nos espera, no sólo para nuestras pequeñas banalidades, sino también para esos niños que son un “cacho” en Paine o la verdadera justicia para los hermanos del sur. Moriremos, sin duda en el intento, pasaran otras generaciones y nuestros nombres, anónimos, pero recordemos que uno cae y diez se levantaran. Así cuentan las ñanas (señoras) y las papai, mientras nos dan un mate o una sopailla y el olor a humo se nos mete en las ropas, aunque nosotros lo llevamos en nuestra piel.

Creo que nuestras chuchu (abuela materna) estarán orgullosas, ellas y ellos estarán con nosotros, su fuerza estará con nuestros hermanos. El sueño azul de Lienlaf terminó porque estamos despiertos, muy despiertos esta vez.

Elena Curimil, escritora mapuche.