jueves, 21 de junio de 2007

sábado, 27 de enero de 2007

La partida

No recuerdo cómo era mi vida de antes. Antes de venir acá a la capital de Chile. Me contaron mis padres que el camino fue muy prolongado, larga la vuelta para llegar al fin a Santiago. La muerte de mi abuela cuando yo recién tenía seis meses aceleró nuestra emigración. También la tía que ofrecía apoyo allá en Buenos Aires, la ciudad que fue nuestra primera parada antes de llegar a este cemento.

Julio y Dominga, mis padres, habían proyectado para mi vida la educación superior. Un arma que me defendería de los chilenos hasta la muerte. Una vez que tomaron la decisión, la casa que teníamos en el campo se desarmó muy rápido; la mayoría de las cosas fueron regaladas, otras encargadas. Fueron dos años que viví en el silencio verde y tranquilo de la tierra de los Huaiquimiles, de los Manqueines, de los Curimiles, de los Ancamiles, de los Ñancucheos, de los Cayunaos o de los Carimanes. Un comienzo borrado aceleradamente, tanto como la partida.

Pero nadie en Apán se creyó la explicación de “un futuro mejor”, los paisanos tenían una mejor explicación para tan extraña conducta. Siempre se había dicho que mi abuela, doña Elena Huaiquimil Conalef era una bruja. Mi padre por haberse quedado con ella hasta sus últimos estertores, con seguridad había heredado el poder de la familia. Para la gente el campesino amable y trabajador, también podía esconder un oscuro secreto. Esa fuerza no se podía rechazar, además algo debía explicar cómo el hombre lograba sobresalir con sus cosechas cada año. El rumor era tan fuerte que aún hoy existe la duda, hasta yo no lo podría negar por lo que también me contó mi madre.

Ella que fue la nuera más cercana decía que la kusé (señora) Gulta nunca hizo ninguna hechicería con ella o ante ella, pero que tenía algunas conductas extrañas. Mi abuela solía dormir con un cuchillo de níquel y plata bajo la almohada, que muchas veces se levantaba a las cinco de la mañana a murmurar excepcionales rezos, que en los años sesenta fumaba tabaco con una rara complacencia y en circunstancias caprichosas sólo explicadas para ella. Nunca se probó nada, pero nadie ni mi padre lo negó y por ello, quizás él también era brujo. Mi padre sí que tuvo conductas poco vistas en la reducción, sobretodo en ese año que precedió a nuestra partida hacia la ciudad y que casualmente estuvo lleno de incidentes que dieron que hablar.

Todo comenzó cuando mi padre cansado de la amenaza del puma, que ya había matado a cinco corderos, decidió ponerle una trampa al animal. Con tanta suerte que en la primera semana de puesta la celada, atrapó irremediablemente la pata del puma, dejándole totalmente imposibilitado de liberarse sin quedar manco.

Fue a la mañana siguiente que lo encontró aún gritando, furioso y salvaje, pero muy cansado ya. Mi padre pensó entregarlo a algún zoológico y pidió ayuda a los hombres de la zona, pero nadie le ayudó y no le quedó más remedio que matarlo. La muerte del puma fue un gran acontecimiento, que corrió por el viento tan pronto que al amanecer llegó un hombre de Los Laureles, que dijo que quería comer carne de león, como le dicen allá en el sur a los pumas. El hombre explicó que antes cuando joven había comido carne del animal como humorada. Ahora necesitaba urgente comer otra vez porque la leyenda decía que eran tres las veces que debía hacerlo, de otra manera le costaría mucho morir. La vejez y sus dolencias le habían hecho cambiar de opinión y desear una muerte rápida. Mi padre le dejó que tomara la carne que quisiera no sin antes decir- También deseo morir rápido, no quiero ser viejo, no más allá de los setenta cuando mucho- hablando con tanta seguridad que nadie más dijo nada. No quería vivir sin fuerza, sin newen. El rumoreado brujo cumplió su deseo pues murió a los sesenta y dos años.

Mi papá que siempre tuvo un corazón travieso, decidió embalsamar al puma para mirarlo para siempre en un mínimo museo en el galpón. Aunque no sabía nada de esas artes, de todas maneras lo hizo a su manera. Tomó a la bestia y lo descueró con cuidado para rellenarlo con afrecho y darle así un aspecto más vívido. Pasaron sólo unos meses y el momificado animal comenzó a ser asediado indignamente por los ratones, a quienes no les importaba el rango en la cadena alimenticia del felis concolor linneus. Un día las bolitas de vidrio que eran sus ojos, casi se habían caído de las cuencas y la diversión terminó. Fue en ese momento que mi padre decidió botar al espécimen y lo hizo también por la insistencia de mi mamá. Ella no le encontraba ninguna gracia y además porque no le gustaba entrar al galpón y encontrar cada vez a semejante felino acechando desde el techo.

Otro de los hechos que hicieron crecer las habladurías fue la inhabitual aparición de un gran socavón negro en el potrero grande al lado de riachuelo. Los pescadores que recorrían el cauce, buscando la mejor orilla lo confirmaron. Había un gran hoyo en la rivera, seguro que Julio había sacado un “entierro”. Sólo él podría haber sacado el tesoro, que según cuentan fue dejado por nuestros antepasados en diferentes lugares. Eran los mapuches que cuando ya se veían asediados por la guerra, huían de los españoles hacia el sur con su platería y lo que habían tomado en los saqueos. Sus pertenencias las iban dejando enterradas en lugares, que marcaban de alguna manera y a los que regresarían algún día para recuperar las cosas, pero la guerra duró trescientos y se hizo tarde para volver. Entonces quedaron los espíritus cuidando el lugar del “entierro”, hasta que llegara un valiente para soportar las pruebas que comprobarían su merecimiento. Ese afortunado, que a medianoche soportó las terribles visiones al sacar la valiosa mercancía, sólo podía ser él: el insensato Julio, el brujo que ayudado por sus espíritus aliados lo logró. Una vez con el tesoro, mi padre se debía marchar al menos por veinte años del lugar y por eso la partida. Todos creyeron este rumor y esta era la razón que hacía que este hombre desarmara su casa y se marchara con su familia a la capital.

Me cuenta mi madre que la verdad del surco era más simple, mi padre había cortado demasiadas moras y otras malezas, de manera que hizo un hoyo y luego le prendió fuego. Eso era todo. Fue lo que me enteré siempre como verídica explicación de los hechos. Lo que escuché, sólo lo que yo escuché.

Tal vez semejante rumor surgió porque según me cuenta mi madre la conmoción fue grande, nunca se había visto algo así una familia entera que en menos de seis meses, desarmaba todo y se marchaba de Apán. Corrieron los rumores por la localidad como la lluvia en invierno. Una serie de circunstancias casuales se juntaban y probaban en la imaginación colectiva, que los hechos eran las pruebas definitivas de la gran causa de la huida hacia la ciudad de un campesino, su mujer y su hija, no era la occidental educación sino la mágica.


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¡Bienvenidos, hermanos y amigos! a este lugar donde yacen los cuentos del pueblo de la memoria
Las historias de los que llegaron y sobreviven.