domingo, 27 de septiembre de 2009
Un nuevo comienzo
imaginería, palabras,
palabrería, necio,
necedades, colores,
colorinche, amor,
amatorio, escapa,
escapismos de los magos.
(E.C.)
viernes, 25 de abril de 2008
Chem pi mi ? Qué dijo?

Chem pi mi? Qué dijo?
2008, siglo XXI. No puedo creer que yo haya llegado hasta aquí. Hace casi 40 años que mis padres, campesinos mapuches salieron de
Me he pasado la vida tratando de probar que a pesar de ser mujer, que a pesar de ser mapuche, soy inteligente, soy una persona honorable y civilizada. Fui la mejor del curso en la escuela pública de Santiago. Entré a un liceo, de los mejores, insipiente, un poco tímida e inocente; salí de ahí casi culta e integrada. Estudié inglés, luego de pura rabia entré a
Trabajé en los mejores lugares porque así me probaba cada día que era igual, que no importaban mis apellidos, que era de lo que mis padres quisieron siempre de mí: una chilena más. Tuve casa, auto, trabajo muy decente y andanzas en los lugares de moda. Pero... a veces cuando estaba sola había algo que me inquietaba, tal vez eran los viejos, los abuelos, todos aquellos que ya se murieron, que me decían que había algo más por hacer, algo más que esa perfecta inmanencia en la que me cobijaba. Lo he tenido todo y a la vez nada.
Ayer, un lamngen (hermano racial) comenta sobre un colegio en Paine con cuarenta niños mapuches, que están desadaptados, Orientación escolar no sabe qué hacer con ellos, el Ministerio de Educación no conoce el problema, los profesores suponemos que tampoco saben. Nos piden ayuda, nosotros tal vez tampoco tenemos una solución, pero al menos somos su gente. Es nuestra gente la que está ahí. Pienso en esos niños y veo mi infancia, la soledad de una niña que dejó de comer porque estaba todo el día esperando que llegaran sus padres. Y no llegaban y era tarde y estaba sola en una ciudad tan ajena. Ahora con jornada escolar completa, veo a esos niños en el colegio mientras sus padres: temporeros, se sacrifican lejos de su tierra por un futuro mejor. El problema en esencia es el mismo. Esos niños desintegrados, futuro de mi pueblo, dando "problemas" en el sistema y ¡tan pequeños! Termino de leer el Informe sobre
Más temprano que tarde, hoy se me abren las grandes alamedas de la conciencia y sé que no nos podemos quedar así, hermanos mapuches, simpatizantes todos, perdidos en nuestra inmanencia, absortos por el realismo de Sancho, anhelando la ínsula, conformes con el sueño de la familia feliz, el trabajo, la casa, el auto, y la tarjeta de crédito ultra premium plus. Dudo, me decido, dudo, mil veces dudo, me decido y opto por la trascendencia del anónimo gesto del que piensa en su pueblo y que busca caminos para retornar a nuestro centro, a la cultura que nos corresponde. No es casualidad que cada mapuche de Santiago, alguna vez piense que debe volver a su tierra en el sur. Somos de la tierra y la tierra nos llama perentoriamente a su matriz energética donde están todos los nuestros. Hoy, sabemos que debemos permanecer unas cuantas lunas más entre el asfalto y la frialdad del cemento porque aún es necesario. Caminando invisibles por las calles, sin aún poder andar descalzos. Pero la esperanza de un mejor futuro nos espera, no sólo para nuestras pequeñas banalidades, sino también para esos niños que son un “cacho” en Paine o la verdadera justicia para los hermanos del sur. Moriremos, sin duda en el intento, pasaran otras generaciones y nuestros nombres, anónimos, pero recordemos que uno cae y diez se levantaran. Así cuentan las ñanas (señoras) y las papai, mientras nos dan un mate o una sopailla y el olor a humo se nos mete en las ropas, aunque nosotros lo llevamos en nuestra piel.
Creo que nuestras chuchu (abuela materna) estarán orgullosas, ellas y ellos estarán con nosotros, su fuerza estará con nuestros hermanos. El sueño azul de Lienlaf terminó porque estamos despiertos, muy despiertos esta vez.
Elena Curimil, escritora mapuche.
jueves, 21 de junio de 2007
sábado, 27 de enero de 2007
La partida
No recuerdo cómo era mi vida de antes. Antes de venir acá a la capital de Chile. Me contaron mis padres que el camino fue muy prolongado, larga la vuelta para llegar al fin a Santiago. La muerte de mi abuela cuando yo recién tenía seis meses aceleró nuestra emigración. También la tía que ofrecía apoyo allá en Buenos Aires, la ciudad que fue nuestra primera parada antes de llegar a este cemento.
Julio y Dominga, mis padres, habían proyectado para mi vida la educación superior. Un arma que me defendería de los chilenos hasta la muerte. Una vez que tomaron la decisión, la casa que teníamos en el campo se desarmó muy rápido; la mayoría de las cosas fueron regaladas, otras encargadas. Fueron dos años que viví en el silencio verde y tranquilo de la tierra de los Huaiquimiles, de los Manqueines, de los Curimiles, de los Ancamiles, de los Ñancucheos, de los Cayunaos o de los Carimanes. Un comienzo borrado aceleradamente, tanto como la partida.
Pero nadie en Apán se creyó la explicación de “un futuro mejor”, los paisanos tenían una mejor explicación para tan extraña conducta. Siempre se había dicho que mi abuela, doña Elena Huaiquimil Conalef era una bruja. Mi padre por haberse quedado con ella hasta sus últimos estertores, con seguridad había heredado el poder de la familia. Para la gente el campesino amable y trabajador, también podía esconder un oscuro secreto. Esa fuerza no se podía rechazar, además algo debía explicar cómo el hombre lograba sobresalir con sus cosechas cada año. El rumor era tan fuerte que aún hoy existe la duda, hasta yo no lo podría negar por lo que también me contó mi madre.
Ella que fue la nuera más cercana decía que la kusé (señora) Gulta nunca hizo ninguna hechicería con ella o ante ella, pero que tenía algunas conductas extrañas. Mi abuela solía dormir con un cuchillo de níquel y plata bajo la almohada, que muchas veces se levantaba a las cinco de la mañana a murmurar excepcionales rezos, que en los años sesenta fumaba tabaco con una rara complacencia y en circunstancias caprichosas sólo explicadas para ella. Nunca se probó nada, pero nadie ni mi padre lo negó y por ello, quizás él también era brujo. Mi padre sí que tuvo conductas poco vistas en la reducción, sobretodo en ese año que precedió a nuestra partida hacia la ciudad y que casualmente estuvo lleno de incidentes que dieron que hablar.
Todo comenzó cuando mi padre cansado de la amenaza del puma, que ya había matado a cinco corderos, decidió ponerle una trampa al animal. Con tanta suerte que en la primera semana de puesta la celada, atrapó irremediablemente la pata del puma, dejándole totalmente imposibilitado de liberarse sin quedar manco.
Fue a la mañana siguiente que lo encontró aún gritando, furioso y salvaje, pero muy cansado ya. Mi padre pensó entregarlo a algún zoológico y pidió ayuda a los hombres de la zona, pero nadie le ayudó y no le quedó más remedio que matarlo. La muerte del puma fue un gran acontecimiento, que corrió por el viento tan pronto que al amanecer llegó un hombre de Los Laureles, que dijo que quería comer carne de león, como le dicen allá en el sur a los pumas. El hombre explicó que antes cuando joven había comido carne del animal como humorada. Ahora necesitaba urgente comer otra vez porque la leyenda decía que eran tres las veces que debía hacerlo, de otra manera le costaría mucho morir. La vejez y sus dolencias le habían hecho cambiar de opinión y desear una muerte rápida. Mi padre le dejó que tomara la carne que quisiera no sin antes decir- También deseo morir rápido, no quiero ser viejo, no más allá de los setenta cuando mucho- hablando con tanta seguridad que nadie más dijo nada. No quería vivir sin fuerza, sin newen. El rumoreado brujo cumplió su deseo pues murió a los sesenta y dos años.
Mi papá que siempre tuvo un corazón travieso, decidió embalsamar al puma para mirarlo para siempre en un mínimo museo en el galpón. Aunque no sabía nada de esas artes, de todas maneras lo hizo a su manera. Tomó a la bestia y lo descueró con cuidado para rellenarlo con afrecho y darle así un aspecto más vívido. Pasaron sólo unos meses y el momificado animal comenzó a ser asediado indignamente por los ratones, a quienes no les importaba el rango en la cadena alimenticia del felis concolor linneus. Un día las bolitas de vidrio que eran sus ojos, casi se habían caído de las cuencas y la diversión terminó. Fue en ese momento que mi padre decidió botar al espécimen y lo hizo también por la insistencia de mi mamá. Ella no le encontraba ninguna gracia y además porque no le gustaba entrar al galpón y encontrar cada vez a semejante felino acechando desde el techo.
Otro de los hechos que hicieron crecer las habladurías fue la inhabitual aparición de un gran socavón negro en el potrero grande al lado de riachuelo. Los pescadores que recorrían el cauce, buscando la mejor orilla lo confirmaron. Había un gran hoyo en la rivera, seguro que Julio había sacado un “entierro”. Sólo él podría haber sacado el tesoro, que según cuentan fue dejado por nuestros antepasados en diferentes lugares. Eran los mapuches que cuando ya se veían asediados por la guerra, huían de los españoles hacia el sur con su platería y lo que habían tomado en los saqueos. Sus pertenencias las iban dejando enterradas en lugares, que marcaban de alguna manera y a los que regresarían algún día para recuperar las cosas, pero la guerra duró trescientos y se hizo tarde para volver. Entonces quedaron los espíritus cuidando el lugar del “entierro”, hasta que llegara un valiente para soportar las pruebas que comprobarían su merecimiento. Ese afortunado, que a medianoche soportó las terribles visiones al sacar la valiosa mercancía, sólo podía ser él: el insensato Julio, el brujo que ayudado por sus espíritus aliados lo logró. Una vez con el tesoro, mi padre se debía marchar al menos por veinte años del lugar y por eso la partida. Todos creyeron este rumor y esta era la razón que hacía que este hombre desarmara su casa y se marchara con su familia a la capital.
Me cuenta mi madre que la verdad del surco era más simple, mi padre había cortado demasiadas moras y otras malezas, de manera que hizo un hoyo y luego le prendió fuego. Eso era todo. Fue lo que me enteré siempre como verídica explicación de los hechos. Lo que escuché, sólo lo que yo escuché.
Tal vez semejante rumor surgió porque según me cuenta mi madre la conmoción fue grande, nunca se había visto algo así una familia entera que en menos de seis meses, desarmaba todo y se marchaba de Apán. Corrieron los rumores por la localidad como la lluvia en invierno. Una serie de circunstancias casuales se juntaban y probaban en la imaginación colectiva, que los hechos eran las pruebas definitivas de la gran causa de la huida hacia la ciudad de un campesino, su mujer y su hija, no era la occidental educación sino la mágica.
